Abrí la puerta y allí estaba él, con la mirada perdida. “Tenemos que hablar” me dijo, y en ese
momento pude presentir que no se trataba de nada bueno:
-
Siéntate- Me dijo ofreciéndome una silla.- Lo que te tengo que contar no es fácil.
-
Sabes perfectamente que las malas noticias no
dejan de serlo por escucharlas sentada…
Tras un
momento de titubeo, lo soltó:
-
Se acabó…
-
¿Qué se acabó el qué?- Pregunté temerosa.
-
Lo nuestro… No puedes imaginar cuento lo siento.
Yo…
No pude callarme. Aquello era indignante:
-
¿Pero qué me estás contando? ¿Qué lo sientes? Yo
sí que lo siento… Siento haber estado viviendo en una mentira cinco años. Lo
siento porqué…
-
Si me dejas terminar te lo explico.- Me espetó
él.
-
No puedo dejarte terminar. ¿Sabes por qué?
Porque ayer, en este mismo salón, me dijiste que me querrías toda tu vida…
-
Y es lo que he hecho- Me contestó él abatido.
-
¿Pero qué…?
En ese
momento, el teléfono sonó dejándome con la frase a medias:
-
No te muevas de aquí, porque aun no he
terminado- Le medio grité mientras cogía el teléfono.- ¿Sí?
-
Buenas tardes. Le llamamos del hospital “Oeste”.
¿Es usted la pareja de Pablo Ayala?
-
Sí.- Contesté extrañada.
-
Tenemos que informarle de que Pablo ha tenido un
grave accidente…
-
Espere, se está confundiendo. Pablo está aquí
conmigo.- Le dije mirando atrás, pero para mi sorpresa, Pablo ya no estaba
allí.
Eso fue lo último que hice antes
de escuchar al otro lado de la línea la frase “ha muerto”, sin llegar a
asimilarla. Acabé sentada en la silla que Pablo me había ofrecido minutos
antes, con el teléfono aún en la mano y una tenue voz saliendo de el, preguntando si me encontraba bien.
Que escalofrios me han entrado....
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