La
habitación se encontraba a media luz, dando esa sensación mortuoria propia de
las tardes nubladas de un invierno cualquiera en una ciudad cualquiera, sin
esperanza y sin futuro. El frío, que parecía hacer tiritar a cada veta de la
madera de cada uno de los muebles, iba en aumento con cada movimiento del
segundero del reloj. Ella había perdido toda posibilidad de entrar en calor,
pues, cuando se llega a una determinada edad, todo lo que está por venir es frío.
Tenía la creencia de que todos los seres humanos nacían con un determinado
porcentaje de calor, como si de una pila se tratase, y cada uno de ellos lo iba
desprendiendo como quería, hasta agotarlo definitivamente. Estaban los
derrochadores, que lo tiraban prácticamente todo en su niñez y cuando llegaban
a la etapa adulta, si es que llegaban, dejaban de disfrutar de la vida, pues ya
solo les quedaba frío. Y también estaban los tacaños, aquellos que iban
desprendiendo calor en dosis mínimas y eran capaces de llegar hasta muy viejos.
A estos no se les podía tratar ni de ancianos ni de mayores, ya que desde
pequeños vivían como viejos, y nunca llegaban realmente a saber lo que era
vivir; eran zombis en vida. Ella, en cambio, siempre había sabido administrar
muy bien su calor. Aunque tuvo errores, como todo el mundo, casi siempre supo
que persona se merecía agotar algo de su calor y con cuales de ellas, en
cambio, se tuvo que disfrazar de congelador. También le había ido bien a la
hora de elegir en que momentos de la vida derrochar su calor hasta dejarlo al
límite y en cuales reservarlo para mejores ocasiones. Esta creencia quedaba
garantizada por los grandes recuerdos que albergaba en su memoria, pero, sobre
todo, por los recuerdos que ella había ido dejando en las demás memorias que
poblaban el mundo; recuerdos, además, que le garantizaban la inmortalidad,
siempre y cuando estos no sucumbiesen a la goma de borrar que supone el tiempo.
Por todo eso, cuando la muerte envuelta en su funesta capa negra entró en la
habitación y le tendió la mano ofreciéndole un viaje eterno sin retorno, ella
la agarró fuerte, sin miedo, con la felicidad y la tranquilidad que te da el
trabajo bien hecho, en este caso, el de una vida resuelta. Y cruzó la puerta
con firmeza, sin mirar atrás para despedirse de una habitación que, irremediablemente,
se había acabado transformando en iceberg.
Maite Reyes

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