jueves, 5 de julio de 2012

Vida y muerte


La habitación se encontraba a media luz, dando esa sensación mortuoria propia de las tardes nubladas de un invierno cualquiera en una ciudad cualquiera, sin esperanza y sin futuro. El frío, que parecía hacer tiritar a cada veta de la madera de cada uno de los muebles, iba en aumento con cada movimiento del segundero del reloj. Ella había perdido toda posibilidad de entrar en calor, pues, cuando se llega a una determinada edad, todo lo que está por venir es frío. Tenía la creencia de que todos los seres humanos nacían con un determinado porcentaje de calor, como si de una pila se tratase, y cada uno de ellos lo iba desprendiendo como quería, hasta agotarlo definitivamente. Estaban los derrochadores, que lo tiraban prácticamente todo en su niñez y cuando llegaban a la etapa adulta, si es que llegaban, dejaban de disfrutar de la vida, pues ya solo les quedaba frío. Y también estaban los tacaños, aquellos que iban desprendiendo calor en dosis mínimas y eran capaces de llegar hasta muy viejos. A estos no se les podía tratar ni de ancianos ni de mayores, ya que desde pequeños vivían como viejos, y nunca llegaban realmente a saber lo que era vivir; eran zombis en vida. Ella, en cambio, siempre había sabido administrar muy bien su calor. Aunque tuvo errores, como todo el mundo, casi siempre supo que persona se merecía agotar algo de su calor y con cuales de ellas, en cambio, se tuvo que disfrazar de congelador. También le había ido bien a la hora de elegir en que momentos de la vida derrochar su calor hasta dejarlo al límite y en cuales reservarlo para mejores ocasiones. Esta creencia quedaba garantizada por los grandes recuerdos que albergaba en su memoria, pero, sobre todo, por los recuerdos que ella había ido dejando en las demás memorias que poblaban el mundo; recuerdos, además, que le garantizaban la inmortalidad, siempre y cuando estos no sucumbiesen a la goma de borrar que supone el tiempo. Por todo eso, cuando la muerte envuelta en su funesta capa negra entró en la habitación y le tendió la mano ofreciéndole un viaje eterno sin retorno, ella la agarró fuerte, sin miedo, con la felicidad y la tranquilidad que te da el trabajo bien hecho, en este caso, el de una vida resuelta. Y cruzó la puerta con firmeza, sin mirar atrás para despedirse de una habitación que, irremediablemente, se había acabado transformando en iceberg.

                                                                                                                                    Maite Reyes


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