Hay
momentos en la vida en los que te encuentras tan, pero tan bien, que es el
mejor momento de dar un frenazo y reflexionar sobre lo que te rodea para darte
cuenta de cuál es la causa. Este fin de semana a mi me ha pasado y quiero
dejarlo por escrito porque creo que las causas se lo merecen, aunque después me
digan que vaya cursi estoy hecha.
Se
puede decir que acabo de llegar de uno de los mejores fines de semana de mi
vida. Aparte de por la comida, por la fiesta pitufil, por el piscineo y otros
factores varios, si valoro tanto este viaje es precisamente porque me ha hecho
darme cuenta de lo importante que es valorar. Valorar lo que se tiene y valorar
lo que se quiere tener, ya que es la única forma de poder tenerlo. Creo que
esto debería de aplicarse a todo, pero yo me voy a centrar en las personas; porque
si te fijas, casi todas ellas llegan de casualidad. Los amigos, por ejemplo,
puedes elegirlos, pero son personas que al principio conoces de casualidad, no
es alguien que ya te hubiesen impuesto antes de nacer. Es más, muchas veces
acabas siendo amigo de la persona que menos hubieses imaginado. Pero una vez
que ya está ahí y que la amistad deja de ser casualidad, hay que cuidarla si
quieres seguir conservándola, y para eso es fundamental saber valorar. Porque
la mayoría de las veces, dejamos de ser conscientes de que esa amistad surgió
por casualidad y parece que ya es algo tuyo que nunca se va a mover de donde
está, y dejas de valorar todo lo que habéis hecho para llegar a conseguirla. Es
un poco como el respirar, que es algo ya tan nuestro que dejamos de valorar realmente
su importancia, dejamos de ser conscientes de que es lo que nos mantiene vivos.
Por eso son buenos los frenazos de vez en cuando, para darte cuenta de qué personas siguen estando ahí y sobre todo como influyen en tu vida. Y este fin
de semana, en especial dos personillas despertadores, me han vuelto a demostrar
el porqué siguen estando ahí y porque voy a seguir valorando lo que quiero
tener. Se puede decir que la casualidad en mi vida está bastante de mi lado y como
diría el fantasma de casa Lampou “eso es un pepino”. Y ahora vuelvo a acelerar
para poder seguir disfrutando de lo que la casualidad me quiera traer y si no,
con lo que ya tengo, estoy más que servida.
Dedicado a la pan y al pepino más
fiesteros de toda casa Lampou y parte de la bahía.