Nació
sin hacer ruido, como cualquier niño que se despierta nervioso en mitad de la
madrugada del cinco de enero, y se adentra en la tenebrosa oscuridad de la
noche intentando pillar infraganti a eso seres mágicos que lo colmarán de
felicidad a la mañana siguiente. A las pocas horas de venir al mundo, lo
abandonaron como si de basura se tratase, sin llegar a darle un nombre con el
que darse a conocer. Y por no tener nombre, nadie supo jamás de su
existencia. Y por no tener nombre, murió tal y como nació, sin hacer ruido.
Maite Reyes

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