Allí estaba otro día mas, uniendo mi voz a la de cientos de personas, que como yo, clamaban contra la injusticia. Mi hermana, a mi lado, también gritaba contra aquellos que intentaban arrebatarnos el futuro. Ninguna comprendía a los que nos decían que eso de ir a las manifestaciones era inútil, que no iba a cambiar nada. Y nos mostrábamos indignadas porque todo aquello ya lo habíamos vivido cinco años antes. Hasta entonces, éramos unas chicas con una vida tranquila, sin problemas, hasta que un día llegó la noticia: mi padre se quedaba sin trabajo. Pero justo en ese momento, aparecieron las dos personas que hicieron que ahora no podamos comprender a los que no luchan. Aquellas dos personas, desde que éramos pequeñas, nos enseñaron que el llorar solo sirve para desahogarte, pero después toca levantarte y pelear. Que la única batalla que está perdida de antemano es aquella en la que te rindes. Y es que de todo se sale. Jamás los vi lamentarse; desde el primer día, salieron a reivindicar lo que era suyo. Y gracias a esto, al final algo se consiguió. Yo de aquello saqué mucho. Pude ver que la vida no es tan fácil y que en ella solo tenemos dos opciones: o te comes el mundo, o dejas que el mundo te coma. Decidí coger la primera opción, ver el vaso siempre medio lleno y luchar cuando empiece a vaciarse. Todo esto, aunque suene a tópico, me hizo más fuerte. Y es por ello que hoy vuelvo a luchar, porque sé que algo bueno se sacará. Y si finalmente no se consigue nada con ello, al menos podré mirar a mis padres y a mi hermana a la cara y sentirme orgullosa de ellos y de la persona que soy hoy, porque, una vez más, hemos seguido luchando y me han vuelto a demostrar que la vida sigue y que aún queda mucha agua para poder llenar el vaso. Y a mí, con eso, me basta.
Maite Reyes

Reflexción muy acertada y real de ¿como afrontar la vida? ¡Muy interesante!
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